No recuerdo bien cuando fue la primera vez que vi “The Bridges of Madison County”, (“Los puentes de Madison”) pero debe haber sido allá por el `96. Fuimos a verla con la Marce en esos años cuando estudiábamos periodismo y hacíamos todo juntas. Era el cine arte Normandie - en ese tiempo- mi segundo hogar, sus butacas incómodas y el frío gélido en cualquier estación del año no era impedimento para pasar una o dos tardes a la semana sentada allí, generalmente sola y en mi asiento regalón. Pero esta vez no podía ir sola, sabíamos que era una película romántica que nadie a los 18 se puede perder y hay que verla acompañada de la amigui, así que ahí estábamos, cada una metida en su mundo de post adolescente llena de sueños y pajaritos, viendo este film donde una cuarentona mujer ama de casa, sometida a la rutina del matrimonio y los hijos, en un pueblo chico, conoce a un fotógrafo y viven 4 días de romance que creo es el mejor romance de silencios, miradas y detalles que halla visto en el cine. Esta mujer se enfrenta ante la decisión de quedarse y volver a “su vida de detalles” – como ella la describe- o irse con el hombre que asegura que su amor es “una certeza que sólo se tiene una vez en la vida”. Para qué decir que lloramos toda la película a ruidosos sollozos que eran casi dignos de vergüenza y que salimos del cine con los ojos rojos, hinchados y con una sola pregunta en los labios ¿tu qué habrías hecho? Creo que en ese momento concordamos en lo difícil de la situación pero ambas dijimos que en ese semáforo en rojo habríamos dejado al marido y corrido bajo la lluvia hacia el nuevo amor.
Como románticas y feministas jovencitas -que aún somos aunque no tanto lo de jovencitas y un poco menos lo de románticas- nuestro argumento era que había que ser fiel a una misma y no negarse la felicidad, después de todo esta mujer ya tenía hijos adolescentes que sobrevivirían sin ella, al igual que el fome marido granjero que le robó los sueños y le entregó una escoba. Discutíamos con mi madre que creía que la protagonista había tomado la decisión correcta y nosotras pensábamos que las madres son tan re sufridas y mártires y que si algo había que hacer en la vida era diferenciarnos de ellas.
Bueno, el tema es que hoy me levanto y encuentro en la tv por cable esta película casi desde el comienzo. Decidí verla para recordarla pero en parte también para testarme y observar cómo la sentiría desde mi edad adulta, así que intenté concentrarme mientras mi hijo de casi dos años jugueteaba por el living y miraba con curiosidad como a los pocos minutos caían algunas lágrimas por mis mejillas, luego cómo comenzaba francamente a llorar y al final a sollozar igual que esa tarde en el Normandie. Vicente me miraba y yo trataba de sonreírle para que no se angustiara. No sé qué huella sicológica le dejará esta mañana a mi hijo pero quizás en 20 años lo descubra con su sicoanalista y , bueno, ahí estaré para regocijarme con sus críticas.
El pobre niño no tenía idea por qué su mamá lloraba a tan escandalosamente frente al televisor, pero yo sí que lo sabía: ¿no era acaso mi vida ahora una “vida de detalles”?. Claro, yo no soy una ama de casa perdida en un pueblito del mundo y he hecho mi vida más de lo que la vida me ha hecho a mi, pero así y todo, guardando las distancias, ¿no soy yo también en parte esa mujer de la película? En un momento ella dice que cuando una mujer toma la decisión de casarse, tener hijos y hacer una familia, su vida empieza pero al mismo tiempo termina. No recordaba esa frase, seguramente porque no tenía idea qué era hacer una familia y me preguntaba si mi vida había comenzado ya, pero debo reconocer que aunque ahora sé que la vida empieza y termina muchas veces, aún me lo pregunto en ciertos momentos.
Y seguí llorando y pensando y recordando, evocando escenas de mi pasado e imaginando futuras -que es lo que nos lleva a hacer una película bien hecha- y la pregunta que esa tarde nos hicimos seguía ahí. Luego, amando como amo a la familia que he formado, por la cual vivo y agradezco a diario , amando a Osvaldo como mi pareja y compañero y con todos los problemas de la vida diaria, si apareciera un amor así, “una certeza que sólo se siente una vez en la vida” ¿lo dejaría todo por ese amor? .
En la película ella dice que si se va con él lo que habían tenido en ese corto tiempo iba a desaparecer por el remordimiento y esos 4 días terminarían convirtiéndose en un error, se plantea cómo quedarían sus hijos adolescentes, qué ejemplo le daría a su hija de 16 años que pronto descubriría el amor, y asegura que abandonarlos destruiría a su marido, a quien también ama de otro modo, así como va cambiando el amor con los años y la rutina. Es cierto, a estas alturas no se puede ignorar eso, que el amor cambia, pero hay momentos en los que aún me pregunto lo que el poeta Gonzalo Rojas en ese grandioso poema: “qué se ama cuando se ama?”...
No recuerdo si es en esa escena o un poco antes cuando él le dice que juntos o no, ellos no serían más dos individuos separados... cómo no va a ser romántico para llorar!!. Los argumentos del hombre, más idealistas, son tan buenos como para convencernos en ese entonces que había que irse con él sin importar lo que quedara atrás..
Entonces, más de una década después vuelvo a preguntarte ¿qué harías Marce ahora? ¿te bajas en esa luz roja y empiezas de nuevo o ves desaparecer la camioneta bajo la lluvia, llevándose la incertidumbre? ...
Y me pregunto ¿habré perdido el romanticismo? ¿me habré adaptado a la vida real? ¿es la felicidad de los hijos más importantes que la propia.?... porque creo, amiga mía, mi vieja, que a días de cumplir mis 30 esta vez mi respuesta sería: “me quedo”.